¿CÓMO SER MÁS PERSISTENTE?

La persistencia es una característica que se relaciona con la constancia en el hacer de pequeñas actividades; y que en consecuencia, estas actividades permiten alcanzar objetivos mayores. Se le puede llamar a una persona “persistente” cuando, no solamente tiene constancia en “el hacer”, sino que tiene constancia en “el ser”, es decir, la persona “persistente” se encuentra arraigada al comportamiento de persistencia, cuando actúa de tal manera en todas las áreas de su vida.  Esta cualidad se evidencia cuando el sujeto lleva una rutina constante y además, adquiere un compromiso con el propósito y con las acciones que lo encaminan. El resultado de adquirir una actitud persistente frente a la vida y a los propósitos personales, es reforzar la firmeza del objetivo que se quiere alcanzar y aumentar la probabilidad de éxito según lo planeado.

No es coincidencia que los personajes más fuertes a través de la historia, siempre se han destacado por tener una visión fija sobre un objetivo claro. Adicionalmente, estos personajes cuentan con una disposición permanente sobre las acciones encaminadas hacia la realización del propósito. Y en consecuencia, las grandes ideas cobran vida.

Para que esto pueda ser real en tu vida y no se trate solamente de teoría, aquí se exponen algunos hábitos que aportan al comportamiento de las personas para ser más persistentes.

¿QUÉ HÁBITOS TE AYUDAN A SER MÁS PERSISTENTE?

Para alcanzar este propósito, se requiere cambiar comportamientos y hacer esfuerzos mentales para reforzar algunas habilidades que alimentan esta cualidad. Parece un poco obvio a primera vista, pero a la hora de llevar a cabo dichos esfuerzos, se vuelve un reto dejar de ser o hacer ciertas cosas para comenzar a hacer otras. Con tal propósito, si no existe la firme convicción de lograr algo, no será posible hacer cambios significativos en el actuar. Estos cambios y acciones se enfocan en los siguientes aspectos:

Definir el propósito

Napoleón Hill hablaba de la persistencia como una cualidad que nace a partir de unas causas que la motivan. Una de las principales causas, es el propósito en sí de lo que se quiere realmente hacer, por lo que no se vale tener un objetivo tibio que no refuerce el verdadero deseo de alcanzar algo. Si se piensa en tener una meta racional que no representa emoción alguna, no se está definiendo un propósito real que se quiera lograr y que permita crear persistencia.

Por lo tanto, el hábito de mayor envergadura a la hora de nutrir la persistencia, es crear propósitos de gran impacto, que permitan almacenar emociones positivas que motiven nuestra mente.

Trazar Planes

Después de tener el propósito completamente claro, nos encontramos con el esqueleto de lo que constituirá el camino hacia el éxito de tal propósito. Por lo tanto, el hábito siguiente a poseer una persistencia más sólida, es la de construir planes detallados y consistentes que se dirijan hacia la meta. Es decir, si nos acostumbramos a fabricar una secuencia de pequeños pasos que desencadenen en el siguiente, y al momento de llevarlos a cabo, enfocarnos por completo en ese paso, el resultado verídico será tener la persistencia en alcanzar cada uno de ellos y lograr el propósito.

El hábito de detallar y construir peldaños es fundamental para no sentirse agobiado por la grandeza del objetivo mayor y, es entonces cuando se fortalecerá la persistencia.

Hacer Ejercicios de entrenamiento

Hay que fortalecer esta cualidad y hacerla muy grande, de tal manera que sea imposible de desarraigar con el tiempo. Aquí mismo se busca realizar pequeños ejercicios de persistencia que ayuden a mejorar la magnitud de los propósitos a través del tiempo. Es decir, si se comienza con una rutina básica diaria de, por ejemplo, tomarse dos vasos de agua al levantarse; o hacer quince minutos de ejercicio todas las mañanas; o escribir un pequeño resumen del trabajo todas las noches; se educará a la mente de realizar lo que tú le pides y ella trabajará para ti.

Estas tareas, todas igual de valiosas, van sumando a fortalecer la persistencia. Lo que sigue es establecerse pequeñas metas que sepas que puedes cumplir, y de tal manera realizar las acciones diarias pertinentes. Si ya tienes tu empresa, has las tareas relacionadas con ésta y empezarás a notar mejoras continuas en procesos, tiempos, productividad y calidad.

Controlar las Emociones

Es fundamental mantener actitudes positivas cuando haya tropiezos en el camino u obstáculos que parezcan difíciles de superar. El control de las emociones comienza justo cuando aprendes a motivarte a ti mismo y a entender que no puedes dejarte llevar por los malos ratos, que solamente tú puedes determinar cómo quieres afrontar la adversidad.

En este hábito se recomienda estar pendiente de los pensamientos en cada momento, monitoreando que sean positivos, aun cuando las cosas vayan mal. Es decir, cuando exista una pequeña reflexión que vaya en contra de lo que quieres, cámbialo, y piensa en aquello que estás logrando. Esto parece difícil al principio, pero si se hace constantemente, pronto se volverá una costumbre que no tienes que forzar, y por el contrario transmutará en una cualidad inherente de tu comportamiento normal.

Engrandecer la paciencia

Es muy nombrada esta cualidad por ser tan importante, pero poco comprendida pues se cree que tener paciencia se trata solamente de esperar a que algo suceda, y no es así; por el contrario, la paciencia involucra una mente tranquila que observa cuidadosamente cuando los planes no han salido a la perfección y se enfoca en trabajar en esos detalles que requieren de tu atención. Sin afanes y sin prisas se va mejorando, perfeccionando y logrando el objetivo planeado, sin forzar el proceso a que se ajuste a una predisposición.

Para fortalecer la paciencia se busca que realices actividades que haces normalmente, pero a baja velocidad, de manera que llegues al mismo resultado pero de una manera mucho más calmada. Y aunque parezca poco eficiente hacer lo mismo pero más lento, este ejercicio genera grandes resultados cuando a la fuerza tienes que controlar tu ansiedad y el afán por el resultado. Un ejemplo para este ejercicio es caminar lentamente y respirar profundo, la misma distancia que recorres en las mañanas para ir a algún lugar. Claro, requiere tiempo, pero te enseña a realizar actividades sin premura.

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